Tu amor es algo tímido, reñido, es algo típico.
“Nada especial”, eso dirían los demás.
Tu amor es una trampa, es una lanza que traspasa la tranquilidad.
Es algo loco nada más.
Caminaba lentamente, con la mirada gacha. Llevaba un libro entre sus brazos y sus zapatos en una mano; la brisa marina hacía bailar sus cabellos oscuros. Sus pies se hundían en la arena de la playa. Se deleitó en la sensación, torciendo un poco el camino hasta lograr mojar sus pies con las olas que rompían en la costa. Su vestido blanco resaltaba su piel morena, mientras el ondeo de éste le daba un aspecto angelical. Tenía rasgos fuertes y delicados que escondían sus emociones, mientras sus ojos negros expresaban todo lo que su rostro no mostraba. Estaba anocheciendo cuando encontró el lugar idóneo para leer. Vio a lo lejos una banca y una farola, cerca a un puesto de limonada. Sonrió y se encaminó hacia allí. Compró un vaso de bebida y se acomodó en un lado de la banca, dejando sus zapatos a su lado, preparándose para leer.
La decisión correcta.
Jorge Omar Hurtado Ruiz
La mañana fresca, que no presagiaba nuevas lluvias, invitaba a aspirar el aroma del bosque de páramo que dejaban atrás en el rápido descenso. Una sonrisa apenas perceptible resaltaba la placidez de los rostros sin vestigios de afanes o frustraciones. Compartieron… De pronto su lectura fue interrumpida por una voz masculina.
—Hola. —Saludó con una sonrisa. Apuesto, seguro de sí mismo, el arrogante hombre daba por sentado que ella deseaba hablar con él.
—Hola. —Contestó ella, bajando la mirada. Él pensó que ella lucía adorable, ella pensó que debía haber hecho algo muy malo para que eso le esté pasando.
—Mi nombre es Gabriel. ¿Cuál es el tuyo? —Le dijo con una sonrisa. La había estado observando.
Gabriel era el tipo de hombre que conseguía lo que quería cuando lo quería. Apuesto, seguro, caballero y respetuoso, pero aún así arrogante. Muy arrogante. Era el tipo de hombre que usaba a las mujeres y las desechaba luego. Fanfarrón, egocéntrico y adinerado, muy mala combinación.
—Ana. —Dijo, y volvió la vista a su libro. Él frunció el ceño y se sentó a su lado, tratando de mirar por encima de su hombro qué leía. Algo sobre un tipo secuestrado que ofrece su vida para salvar a sus amigos. Bah, aburrido. Y trillado además.
—¿Qué lees? —Ella lo fulminó con la mirada, se puso de pie y empezó a caminar, tratando de poner distancia entre ellos. Él la siguió. —¡Espera! —le gritó, corriendo para alcanzarla.
Ana era una mujer diferente. Frágil y fuerte, dulce y amarga, apática y lúcida, romántica y brutal. Tímida e impredecible. Una mezcla bastante singular que se irritaba con facilidad, podía amar con una pasión y rapidez asombrosa, y así de fácil podía odiar.
—¿Qué quieres de mí? —Le gritó. —¿Porqué no me dejas en paz? No seré una más en tu lista, Gabriel. ¿Qué te pasó? Solíamos ser amigos. —Él se quedó pasmado. La miró de arriba abajo, esperando reconocerla. Repasó las caras de todas las mujeres con las que se había acostado, y no encontraba la de ella.
—No te recuerdo. —Le contestó él. ¿Cómo era posible que no recordara semejante belleza? No era una belleza del tipo modelo, no, era una belleza más natural, más común. Pero tenía un algo.
Ella buscó con la mirada un lugar donde sentarse, y tomándolo de la mano, prácticamente lo arrastró a una banca vieja y destartalada.
—¿No recuerdas a tu mejor amiga del colegio? ¿Esa qué siempre estuvo ahí para consolarte cuando tus padres peleaban? ¿Esa que lloraba en tu hombro cuando se burlaban de ella? Mírame a los ojos y dime que no recuerdas quién soy.
Gabriel se había quedado pasmado. A su mente vinieron imágenes, recuerdos.
Él abrazando a una niña pequeña y menudita, algo fea. Ella lloraba y se quejaba de lo injustos que eran al burlarse por su aspecto.
Él llorando abrazado a un cuerpo cálido, con el rostro enterrado en unos cabellos con un aroma a flores y canela.
Él riendo por las locuras que ella decía y hacía, sorprendido que después de conocerla por tanto tiempo aún lograra ser impredecible.
Él sentado en una banca compartiendo un sándwich con una niña algo triste, mientras trataba de animarla. Ella le daba una sonrisa y él sentía que el día de pronto era más brillante.
Él, abrazándola por detrás para evitar que ella golpeara un niño que había insultado a su madre.
Ella, despidiéndose porque se mudaba a otra ciudad, a causa del trabajo de su madre. Él, y el sonido de su corazón rompiéndose.
Temblando, Gabriel levantó una mano y acarició una de sus mejillas, como solía hacerlo cuando ella aún estaba en su vida. La abrazó como si no hubiese un mañana. Sonrió al notar que su cuerpo aún emitía esa calidez, como dándole la bienvenida. Ahí, abrazado a ella, sintió como si hubiese vuelto a casa luego de un largo viaje.
—¿Porqué no me buscaste? Te había extrañado, sabes. —Ella lo abrazó también. —Lo hice. Y entonces me enteré de cómo habías tratado esas mujeres. No quise saber de ti. Has cambiado, Gabriel. Ya no te reconozco. —Él no reconocería que esas palabras habían dolido. Ella había sido su primer amor. Bueno, lo seguía siendo. Él había buscado en esas mujeres lo que ella tenía. Suspiró. No podía decirle que la amaba. Ella jamás le creería.
—Te contaré algún día, lo prometo. Por ahora cuéntame de tu vida. ¿Qué has hecho todo este tiempo?
Él la escuchaba hablar, con esa manera tan particular que le pertenecía sólo a ella. Notó que aún seguía ladeando la cabeza hacia la izquierda cuando recordaba algo, también se dio cuenta que todavía hacía ese gesto sexy e inocente, el de apartarse el cabello del rostro con la mano y ponerlo detrás de su oreja. Una corriente eléctrica le recorrió la columna cuando ella le sonrió con esa sonrisa, aquella que aún le quitaba el sueño mientras se apartaba un mechón de cabello del rostro. Ella seguía siendo la misma de antes, sólo que más madura, más fuerte y más hermosa. Ana seguía siendo Ana.

