Capítulo 2.
Inspiró profundamente y soltó el aire en un siseo. Abrió los dorados ojos, conectándolos con los suyos, el azul se arremolinaba salvaje y brillaba cual gema. Jadeó cuando sintió la mano en el hueco de su espalda, y su sangre se convirtió en lava hirviente cuando él mordisqueó y lamió el lugar donde latía su pulso. Cerró los ojos y gimió con dolor cuando él hundió los dientes en su carne, sintiendo instantáneamente el placer que venía con el íntimo acto de intercambiar sangre con tu compañero. Pasó los brazos delicados por su cuello, buscando algo con qué anclarse. La sensación de la lengua pasar por los pinchazos para cerrarlos llenó su mente y se expandió por todo su cuerpo, su boca buscó por instinto la del otro. Se enlazaron en un beso que sacudió sus mundos, ella aferrándose aún más a él buscando no caer por la debilidad en sus piernas, él tratando de fundirla consigo mismo.
Finalmente, con renuencia, él dejó ir la dulzura de su boca pequeña, carnosa y con labios un poco hinchados por el beso demandante. Observó su rostro, grabándolo a fuego en su mente, mientras acariciaba con el dorso de su mano una de las cremosas mejillas, donde descansaban las negras medialunas que eran sus pestañas. Ella tenía los ojos cerrados, pero aún así podía ver la delicada estructura ósea, los pómulos altos y la barbilla desafiante. Él sonrió, un relámpago de dientes blancos que ella no alcanzó a ver; había cerrado los ojos nuevamente, disfrutando de tenerlo acunándola entre sus brazos. Suspiró casi imperceptiblemente y abrió los ojos, encontrándose con una mirada azul medianoche, que brillaba posesivamente hacia ella. Ella lo estudió detalladamente, no privándose de acariciarle. Sabía quién era este hombre, y si bien ella no era de esas hembras bobaliconas que harían cada cosa que su hombre les mandara, ella seguía siendo una mujer de los Cárpatos, y los instintos eran difíciles de erradicar. Admiró los ángulos y planos de su rostro, la mandíbula fuerte y los labios rellenos, hechos para complacer una mujer. Tenía pestañas largas y rizadas, que a otra persona parecerían algo femeninas, pero que en él lucían hechizantemente eróticas. Sus labios pecaminosos se curvaron hacia arriba, él estando consciente del estudio que le hacía su compañera.
—Te avio päläfertiilam. Éntölam kuulua, avio päläfertiilam. —Ella jadeó. Conocía el significado de las palabras, era aquel antiguo ritual de su gente para unir a los compañeros. Los hombres nacían con las palabras impresas en sí mismos. En su mente resonó la traducción automáticamente, su útero tensándose y algo en su interior cambiando con la primera frase. Eres mi compañera. Te reclamo como mi compañera. Sintió los hilos empezando a unir la parte de su alma que se extendía hacia él, irrompibles, determinados.
—Ted kuuluak, kacad, kojed. É lidamet andam. —Te pertenezco. Te ofrezco mi vida. Sonrió, sabiendo que, por primera vez en siglos, había perdido la batalla antes de empezarla. Se removió en su lugar, intentó dar un par de pasos atrás, pero el brazo alrededor de su espalda se lo impidió.
—Pesämet andam. Uskolfertiilamet andam. Sívamet andam. Sielamet andam. Ainamet andam. —Te doy mi protección. Mi lealtad. Mi corazón. Mi alma y mi cuerpo. Las palabras se vertían en ella, recorriéndola, la voz aterciopelada y seductora de él deslizándose caliente por su piel.
—Sívamet kuuluak kaik että a ted. Ainaak olenszal sívambin. Te élidet ainaak pide minan. —Tomo en mí los tuyos del mismo modo. Tu vida será apreciada siempre. Tu vida será puesta por encima de la mía siempre.
—Te avio päläfertiilam. Ainaak sívamet jutta oleny. Ainaak terád vigyázak. —Eres mi compañera. Unida a mí para toda la eternidad. Siempre bajo mi cuidado. Jadeó nuevamente, muy profundamente en su interior sintiendo cómo la primera parte del ritual estaba completa. Ahora sus almas eran una sola. Abrumada por la enormidad del cambio, por la responsabilidad que ahora tenía, apartó la mirada, bajándola. Sin previo aviso ella se soltó de su agarre, dando un paso hacia atrás. Una retirada femenina. De repente, dio media vuelta y se alejó de él unas buenas zancadas. Él, viendo en su mente que ella necesitaba espacio, la dejó ir. Él mismo necesitaba espacio, para asimilar la grandeza del milagro que le había sido concedido.
Suspiró largamente. Una compañera. Para él. Una mujer que sería sólo suya. Para compartirlo todo.

