Lágrimas de un adiós.



Diana caminaba rápidamente, perdida en sus pensamientos y tratando que las bolsas que llevaba en los brazos no se le cayeran. Maldijo el momento en que a aquel idiota se le ocurrió dejarla, lo maldijo también a él por ser un estúpido insensible que no supo valorar la mujer maravillosa que era Priccilla. Suspiró y se apartó el flequillo de los ojos haciendo malabares. Cuando por fin llegó, maniobró hasta tener ambas bolsas en un brazo y con el otro alcanzó el manojo de llaves en su bolsillo. Tratando de no hacer ruido y no dejar caer nada, abrió la puerta y entró a la casa. Al cerrar, notó un aroma extraño en el aire. Pensó que probablemente Pri habría olvidado usar el ambientador.  Sintió el brazo entumecido por el frío emitido por el helado, así que se apresuró a dejar la bolsa con las películas en el sofá de color tostado y llevar el bote de helado de chocolate al refrigerador.
           
—Pri… linda, traje helado y películas… ¡Tengo "El Aro" Pri! ¡Sé cuánto te gusta!—Gritó a la nada mientras cubría la distancia entre la cocina y la sala.

Al caminar hacia allá, notó que el olor extraño se intensificaba, a pesar que no podía identificarlo. Al toparse sus ojos con la escena frente a ella, la bolsa con el helado se cayó de sus brazos. Estos ya no podían sostenerlo.
Frente a ella, tirada en el piso y con la espalda apoyada en la pared, se encontraba Priccilla. Tenía los brazos a los lados de su cuerpo con las muñecas hacia arriba y las piernas flexionadas hacia adentro. Pero eso no fue lo que la horrorizó, lo que la hizo casi desmayarse. De sus muñecas manaba sangre, contrastando tétricamente con la palidez alarmante de su piel. Su cabello rubio oscuro ahora estaba teñido del cuello hacia abajo de rojo, a causa de la sangre que manaba del corte en su cuello. Todos los recuerdos y sentimientos llegaron a su mente y su corazón a una velocidad vertiginosa.

—No sé que haré sin él, Diani. Él es mi todo, mi razón para vivir. Sin él no soy nada. No puedo vivir sin él. No voy a vivir sin él. Voy a suicidarme. Sí, eso haré. Será lo me…—Su diatriba fue cortada por una voz con tono cansado.
—No es cierto Pri. No lo harás. Esto se te pasará, linda. No vale la pena que te sigas haciendo una tormenta en un vaso con agua. Anda, espérame, que voy por el súper kit anti-depresiones. Ya verás como saldrás de esto.
Diana le acarició la mejilla, le dio un beso en la frente y la abrazó con fuerza, prometiéndole volver en poco tiempo. Se levantó del piso con la torpeza que le caracterizaba y agarró su bolso.
 —Volveré aquí en un rato. Me llevo las llaves. —Dijo agarrando un manojito de llaves que colgaba al lado de la puerta, a donde había llegado mientras hablaba.
   
Diana no supo cuanto tiempo se quedó mirándola perpleja, asustada. Lo que sí supo fue que al oír el golpe seco del helado cayendo al piso volvió a la realidad. Corrió hacia ella, agarrando una toalla de cocina y poniéndosela en el cuello, presionando con fuerza mientras trataba de coger su móvil para llamar a una ambulancia. Intentó parar la hemorragia en sus muñecas, pero se dio por vencida al notar que no tenía tres manos. La desesperación corrió por su mente, ofreciendo alternativas y descartándolas de inmediato. El dolor y el miedo se abrieron paso en medio de todo, relegando a un tercer plano todo lo demás. La culpabilidad se instaló en primer lugar de su mente, sabiendo que pudo haber evitado todo si tan sólo le hubiese creído. Lloró. Lloró amargamente, sus sollozos desgarrando algo en su interior y sus lágrimas mezclándose con la sangre en el piso.
Esto es mi culpa, se decía. Debía haber estado ahí, consolándola. ¿Por qué no le creyó? ¿Por qué no se quedó con ella? Todo aquello que una vez Priccilla hizo por ella llegó a su mente. Los consejos, las risas, los llantos… Todo. Y ella no había estado allí cuando la había necesitado. Un dolor lacerante invadió su pecho. Uno de sus peores miedos se hacía realidad: Perder a una persona amada. Pri no sólo era una amiga, era la mejor que tenía. Casi una hermana. Ambas eran hijas únicas y siempre desearon tener hermanos.
Sollozó con más fuerza. Ya nunca más se reiría de ella, o de sus malos chistes. Nunca más podría bromear con ella sobre cualquier tontería, nunca más podría disfrutar esos pequeños momentos de tranquilidad y silencio que tenían luego de un largo día. Se abrazó a sí misma, pensando que nunca más tendría un hombro en el cual llorar, una amiga con la cual reír. Pensando que Pri se había ido y no volvería, que a pesar de todo jamás volvería a hablar con ella sobre nimiedades.
Aún llorando, aún recordándolo todo, siguió apretando la herida más fuerte en el cuello. Sin embargo, sus esfuerzos fueron infructuosos, pues las heridas de las muñecas seguían sangrando; para su horror, con una velocidad que cada vez se hacía menor. Estaba perdiendo demasiada sangre, notó con pánico. Se aferró a la idea de que podrían salvarla y no desistió. El paño antes blanco con bordados en lila estaba ya empapado de sangre, completamente teñido de rojo. Más lágrimas cayeron de sus ojos y un grito desesperado salió de su garganta.

—No permitiré que mueras, Pri. No lo permitiré.
No supo cuánto tiempo después llegó la ambulancia, no supo en qué momento la apartaron de ella para revisarla. Entonces, al ver los paramédicos tratando de detener la hemorragia vino a su mente otro recuerdo.

— ¡Diana! ¡Diana! ¡Diana, por amor a Dios! ¡No vuelvas a hacerme eso! ¿Tienes idea de lo mucho que me asustaste?—La chica se echó a reír, apartando sus cortos mechones de cabellos castaños de su cara, mientras se quejaba del dolor por el hueso roto en su pierna. Un poco risa y un poco llanto.
—Firmarás mi yeso, ¿cierto Pri?—La rubia la miró con incredulidad.
Había caído desde un árbol, quedado inconsciente y se había roto una pierna en el proceso; y lo único que tenía en mente era si firmaría su yeso. Suspiró, asintiendo mientras miraba los hombres con ese uniforme raro que la atendían.
—Eres la persona más rara que he conocido, Diani. —Lo sé. —Sonrió petulante la pequeña castaña de diez años.


El contacto de una manta con sus hombros la devolvió a la realidad. Escuchó lo que le decían, más lo oía de manera distante, lejana. Sentía que no estaba ahí. Sentía todo eso que estaba sucediendo como un sueño. No, no un sueño: Una pesadilla. Una horrible pesadilla de la que quería despertar. Sintió algo caliente en las manos, distraídamente notó que se trataba de chocolate. Sintió arcadas y lo dejó caer. El chocolate se mezcló con la sangre en el piso. Sus manos temblaban incontrolablemente, tenían un tono extremadamente pálido.

—Está en shock. Pobrecilla. Cuando llegamos seguía apretando las heridas como si pudiera hacer algo. Ya estaba muerta. Demasiado tarde. No hay nada que hacer. Llévensela, aléjenla del cadáver. La hará ponerse peor.—Las palabras cadáver  y demasiado tarde la hicieron volver en sí.
—¿Qué quiere decir con "No hay nada que hacer"? ¡Algo tiene que haber! ¡Priccilla no puede estar muerta, no puede!

Diana gritó, pataleó, lloró y maldijo a todo ser viviente sobre la faz de la tierra, pues no la dejaban acercarse a su más querida amiga. Sentía unos brazos fuertes abrazarla de la cintura, tratando de mantenerla alejada de su amiga. Ella sabía que aún vivía, tenía que estar viva. Era sólo que ellos no podían notarlo. Sí, eso era. Estaban tan ciegos por ver toda la sangre regada en el piso y aquella que las cubría a ella y a Pri, que no pensaban que pudiese vivir todavía. Pero ella sabía que no era así. Siguió tratando de zafarse, hasta que distinguió un pinchazo en medio de todo el frenesí. No notó donde fue, pero lo que sí pudo registrar fue la sensación de sueño y sopor que se apoderó de su cuerpo.

Despertó mirando un techo blanco, por su experiencia dedujo que era un hospital. Al mirar hacia los lados y ver la decoración fría e impersonal, confirmó sus sospechas. Notó movimiento a un lado de su cama y descubrió a su mamá dormida con la cabeza apoyada en el colchón. Por un momento se sintió desubicada. Parpadeó un par de veces para terminar de despertarse, cuando los recuerdos de lo acontecido vinieron en tropel a su mente.
El dolor, la desesperación, el odio hacia sí misma volvió a despertar, como si jamás se hubiese ido. Como si sólo hubiese dormido con ella durante ese tiempo. Distraídamente se preguntó cuanto llevaría ella dormida y Pri muer… No. No pensaría en eso. No podía ser cierto. Volvió la vista a su madre que dormía y se sintió aún más culpable. Decidió no despertarla y se levantó de la cama cuidadosamente. Sus esfuerzos fueron en vano, pues al moverse mínimamente su acompañante despertó. Gimió y los ojos empezaron a llenársele de lágrimas contenidas.
—¡Diana! Hija, pensé que no despertarías nunca. Llevas dos días dormida. ¿Cómo estás? ¿Qué sucedió?
No pudo resistirlo más y se lanzó a brazos de su madre, con los ojos anegados de lágrimas. Lágrimas de frustración, de culpabilidad, de sufrimiento. Lágrimas que a pesar de todo no traerían a Pri de vuelta.
—Yo no le creí… la maté… nada… no pude hacer nada… ella sangraba… yo debí estar ahí… —Todo lo que podía hacer era balbucear, gemir entre las palabras y culparse a sí misma.


Habían pasado tres años desde entonces. Diana aún iba al cementerio y hablaba a la lápida, contándole lo que le pasaba. Algunas veces pidiendo consejo. Sin embargo, para quienes no la conocían, seguía con su vida. Salía con amigos, iba a la universidad. Reía, lloraba. Parecía que nada hubiese pasado, o eso creían las personas de fuera. Los que realmente la conocían habían notado que el brillo pícaro en sus ojos había desaparecido.
           
No es sano que hagas esto. —Escuchó una noche en un sueño. Supo de inmediato que era Pri. El dolor y la culpabilidad volvieron a despertar, como si llevaran tiempo durmiendo, en el fondo de su mente.
Notó que estaba en el cementerio, en su sueño. Reconoció las tumbas, algunas con flores, otras con la grama tan seca que se veía amarilla. Paseó la mirada a su alrededor al darse cuenta que no estaba frente a la tumba de Pri. Caminó entre las lápidas, viendo las diversas estatuas conmemorativas. Al fin llegó al ángel que estaba sobre la tumba de Priccilla.
—Lo sé. Pero no puedo evitarlo. —Dijo a la lápida, en su sueño. La vio sentada frente a ella, sobre la tumba. Tan hermosa como siempre había sido. Llevaba un vestido blanco, su favorito. Fue enterrada con él.
Debes dejarme ir—La tomó de las manos—, quiero, necesito que me dejes ir. Tienes que ser feliz, seguir adelante.
—Lo hice—Contestó ella— ¿No ves que a pesar de todo he continuado? ¿No ves que ya todos creen que me olvidé de ti? —Lágrimas corrían por sus mejillas, sollozos escapaban de su boca, sacudiendo su cuerpo.
Para los demás ya me has olvidado. Para ellos has seguido adelante. Pero no por ti. Tú sigues estancada en el mismo lugar. En el mismo momento. Déjame ir. —Priccilla secó las lágrimas que corrían por el rostro de Diana, abrazándola con fuerza. —Estaré bien. Lo prometo.
—Perdóname. Perdóname por no creerte, por no haber estado ahí. Por permitir que murieras. Fue mi culpa. —La abrazó, como solía hacerlo antes. Enterró la cara en su cuello y se aferró a ella.
No, no lo fue. ¿Sabes? Creo que fue lo mejor que pude hacer. Si continuaba con vida, no iba a vivir. Iba a darles una vida llena de dolor a mis seres queridos. Créeme, no hubiese podido seguir adelante. No soy tan fuerte.
—Siempre fuiste la más fuerte de las dos—Suspiró, y supo que el momento había llegado. —¿Es hora, cierto?—La vio asentir y la abrazó de nuevo.
—Quiero que cuando nos reunamos, me cuentes todo aquello que hiciste. Vive, Diana. Haz todo aquello que siempre quisimos hacer. Y perdónate a ti misma, que yo hace mucho tiempo lo hice. —Sonrió, levantándose de la lápida. Haciendo un gesto de despedida con la mano, dio media vuelta y caminó hasta desaparecer de la vista.
—Promete que serás feliz. —Escuchó que le decía la brisa. Sonriendo, con lágrimas en las mejillas, asintió y se puso de pie. Era hora de seguir adelante. Miró sus manos, viendo las lágrimas. Lágrimas de un adiós.