Capítulo 1.
Sin dudar un momento, borró la memoria de los dos jóvenes. No recordarían nada del incidente y en su lugar tendrían el recuerdo de una hermosa noche juntos. Estoy ablandándome. Supo instintivamente que algo andaba mal. Se maldijo interiormente por bajar la guardia. Rápidamente se extendió en la noche, buscando el rastro del vampiro. Había otro. Encontró un débil sendero que conducía hacia un acantilado. Enmascaró su presencia y esperó. Arlette podía verlo ahora y reconoció vagamente los restos del que una vez fuera un apuesto hombre de los Cárpatos. Ahora la cara estaba hundida y gris, mechones de pelo se aferraban a la calavera en penachos, el cuerpo era viejo y nudoso. El vampiro no había tenido tiempo de alimentarse.
Cuando se materializó tras él, el vampiro se retorció dándose la vuelta y gritó por lo bajo. Arlette sonrió cortésmente.
- Ha pasado mucho tiempo, Emil. Mucho tiempo. - Su voz era un suave soplo de pureza y confianza.
Emil parpadeó, tomado por sorpresa por esta conversación casual. Era totalmente inesperada. No había conversado con nadie durante doscientos años.
- Así es. - Su voz era grave pero pensativa, como si retrocediera para buscar ese momento en el tiempo. -
Arlette podía sentir el poder construyéndose en ella, rodeándole, en el mismo aire. Siglo tras siglo, cada oscura y yerma noche, el dolor de necesitar a su gente, la pérdida de sus años de juventud. Se acumulaban en ella, el vacío, la vacuidad, la oscura mancha de humillación y aislamientos. Todo lo que le había quedado era su honor. Su Príncipe y el sanador lo habían sabido y habían reconocido su necesidad de resultar útil a su gente, pero este monstruo que estaba ante ella había alterado el curso de su vida para siempre.
- Me has dado una muerte en vida, Emil. - Arlette se movió entonces, con asombrosa velocidad, dirigiéndose hacia el monstruo ancestral mientras la criatura súbitamente se adelantó. Su puño se extendió y enterró profundamente en la cavidad torácica, usando el movimiento hacia adelante del vampiro para ayudarse en su ataque. - He estudiado tus métodos, cada muerte. - Susurró las palabras, sus ojos dorados brillaban salvajemente. - Me enseñaste la importancia del conocimiento, de conocer a tu enemigo, de reconocerle, y aprendí bien. - Arrancó el pulsante corazón del pecho y saltó lejos con el negro y marchito órgano en su mano. Le puso enferma. No había triunfo aquí, como había pensado.
El vampiro chillaba de rabia, un sonido agudo y sobrenatural que destrozaba los oídos y hacía huir a la fauna salvaje.
—Aprendiste bien a matar porque vivo en ti. —Siseó él, salpicando saliva venenosa por la boca. —No eres diferente a mí. Querías ser como yo, pero no tuviste las agallas suficientes como para abrazar la vida.
Emil se tambaleó hacia ella, sus dientes afilados y podridos por miles de muertes, su cuerpo empezó a derrumbarse. Arlette retrocedió un paso más, totalmente consciente de que la aberración era todavía peligrosa mientras el corazón estaba próximo al cuerpo. Le tiró lejos y dirigió un rayo de luz a incinerarlo. Al momento el cuerpo empezó a convulsionarse, escupiendo sangre corrompida que se arrastraba hacia ella implacablemente. Arlette tranquilamente envió la energía sobre el cuerpo y la sangre, eliminando toda evidencia de la existencia de Emil. Al final usó el calor blanco a quemar la corrupción de sus manos. De su alma.
Supo que todo había terminado. De pronto se encontró de rodillas en el suelo, respirando agitada. ¿Esto era todo? ¿Así terminaba? Tantos años temiendo a un vampiro, pensando, estudiando la mejor manera de atacarle. Había imaginado cientos de escenarios para esta batalla, pero no esperó que fuese tan fácil. Suspiró y decidió cortar el hilo de sus pensamientos. Se irguió en toda su altura, corrió dos pasos y se transformó en niebla.
Viajó en esa forma dirigiéndose al pueblo. A su alrededor, el paisaje mostraba el más crudo bosque. Laberintos de árboles y ramas, la luna iluminando su silueta femenina y elegante cuando decidió ir por tierra. Caminaba con delicadeza, como flotando por encima de la cama de hojas secas y pequeñas ramas quebradas, sin hacer el más mínimo ruido. Parecía etérea, una princesa mortífera y peligrosa, pero aún así tan hermosa que dolía el mirarla. Su cabello negro medianoche caía en cascada sobre su espalda y enmarcando su rostro, mientras que sus ojos dorados parecían gemas por el brillo que llevaban.
Su mirada revoloteaba por todas las direcciones posibles, escaneando, observando. Pendientes hasta del movimiento más sutil. Pronto el paisaje era invadido por las humildes casas de las personas que habitaban el pequeño poblado.
Ubicando su objetivo con la mirada, se dirigió hacia allí. Empujando la puerta con una de sus manos y alterando sus patrones cerebrales por los de un ser humano común, entró a la posada. Su lugar favorito para obtener información. Enmascaró su presencia, pues las mujeres de los Cárpatos llamaban mucho la atención con su piel y su cabello. Especialmente ella, que tenía una exuberante cabellera, larga y espesa. Se encaminó al pequeño restaurante, perdida en pensamientos banales en la superficie, mientras en el fondo de su mente planeaba cómo llevar la conversación a donde deseaba. Se sentó en un lugar estratégico en la barra, elegido para que los comensales no notaran demasiado su presencia. Unos minutos después la mujer que atendía el negocio llegó hasta ella. Ordenó un zumo de alguna fruta dulce e inició la conversación.
Minutos después, luego de ganarse la confianza de la mujer, lanzó el anzuelo, que la posadera mordió sin percatarse.
Un par de minutos y algunas preguntas después, tenía la información que necesitaba. Sonriendo, pagó a la mujer. Slavica, si no estaba equivocada. Se levantó tranquilamente, con sus sentidos al máximo. Casi al momento, decidió volver a sentarse, había detectado el aroma de un macho Cárpato. Maldiciendo, enmascaró aún más su aroma y su cuerpo, mientras mantenía sus patrones cerebrales iguales a los de un humano cualquiera. Volvió a levantarse, y con pasos tranquilos y decididos se encaminó a la puerta. Ya casi, pensó.
De pronto, una mano se cerró en su brazo. Fingiendo asustarse, volteó. Era un hombre común, con pensamientos muy poco decentes acerca de ella.
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La noche estaba oscura. Gris. Desolada. Tariq Asenguard era un hombre acostumbrado a hacer las cosas a su manera, y durante cientos de años, su existencia se había basado en el honor. En el decreto de su Príncipe de destruir el no-muerto. Sólo su férrea resolución de no caer, su sentido del honor y el haberse aferrado con fuerza a sus recuerdos de color y emociones, lo habían mantenido cuerdo y resistiendo el llamado de la oscuridad. El llamado que a cada segundo se hacía más fuerte. Después de los doscientos años de vida, los hombres de los Cárpatos perdían las emociones y el color. Sólo una compañera, una verdadera compañera, podría poner fin a los largos años venideros, donde la oscuridad atacaría en cada muerte, tratando de hacerlos desistir, de llevarlos hasta el borde de su resistencia. En ese momento, era cuando debía caminar hacia el amanecer, tener el descanso merecido y esperar a su compañera en la otra vida.
Sabía que el momento de enfrentar tranquilamente el amanecer había pasado hace mucho, y que ahora, tan cerca de convertirse, debía terminar con su vida. Pero no esta noche. Había visto esa mujer, y había decidido que la quería. La tendría. Vio su manera de caminar, femenina y peligrosa. La vio entrar a la posada y sonrió. Esa mujer sería suya esa noche. Nunca, en todos sus años como cazador, deseó algo para sí mismo. Pero esa mujer, desde el instante que la vio, supo que le pertenecería. La brisa hacía bailar el cabello largo, cortado hasta los hombros. Su mirada no se despegó de la puerta de la posada durante los minutos que ella demoró dentro, aunque para él, irónicamente, fue una eternidad. Cuando notó que finalmente salía del lugar, se encaminó hacia ella. Su mirada se oscureció y un tinte rojo apareció en sus ojos al ver la mano del hombre cerrada sobre su brazo. Aumentando el paso, llegó justo a tiempo para ver como ella se lo quitaba de encima.
—¡Suélteme! —Le había dicho al hombre, retorciendo el miembro hasta liberarlo. Por un momento, miles de pensamientos pasaron por su mente, todos alrededor de uno. Compañera. Mía. La otra mitad de mi alma. Mi corazón. Emociones. Color. Todo se vertió sobre su cuerpo entrando a raudales. El amor por su patria, por su pueblo. El profundo sentimiento de respeto por su Príncipe, la sorpresa por encontrarla. La posesividad. Todo llegando a velocidades insospechadas. Tocó la mente del hombre para alejarlo de allí y vio los pensamientos impuros sobre su compañera, aumentando su furia hacia él. Decidió que no viviría más allá de esa noche.
Arlette lo vio levantar al sujeto del suelo por el cuello, sólo usando una mano y arrojarlo hacia un grupo de árboles. Hizo una mueca al escuchar el ruido sordo que produjo el golpe de la espalda del pobre hombre contra el tronco del árbol. Por un momento su mente se llenó de conjeturas sobre el misterioso y apuesto hombre que ahora la miraba fijamente, con hambre, posesividad y reconocimiento en sus ojos. Comprendió llena de horror que ese hombre era un macho Cárpato, pero lo que no entendió fue la respuesta de su cuerpo. Su útero se tensó, y en su vientre se instalaron mariposas. Quiso correr, pero no pudo. Se sentía atraída hacia ese hombre, sentía la necesidad de saber que estaría bien. Cerró los ojos derrotada cuando la realización llegó a su mente. Ese hombre, era el único. Su compañero. Päläfertiilam.

