Capítulo 1





—No me puedes hacer esto. —Dijo ella llorando.

—Sí puedo. Y lo estoy haciendo.  Pero no a ti. Jamás a ti. A mí mismo. —Sentenció él, colgando. Ella se echó en la cama, abrazando la almohada. Estaba consciente que perdería otro amigo de la misma forma. Pero lo que más dolía, era saber que sería por el mismo motivo, y ella, como siempre, no podría hacer nada. La distancia era mucha.
            Él vivía en Inglaterra y ella en Francia. Nunca llegaría a tiempo. Decidió llamarlo de nuevo, y levantándose de la cama corrió a buscar su teléfono, que había arrojado en algún lugar de la casa. Ah, ahí estaba. Lo recogió rápidamente y marcó el número.
Uno, dos timbres. Él contestó. Siempre contestaba.
—Si lo haces, juro que te iré a buscar al mismo infierno de ser necesario. —Él soltó una risa, amarga. Sabía que ella lo llamaba para tratar de convencerlo de no hacerlo, pero sabía que esa era una promesa que ella no podría cumplir.
—No, no lo harás. La única manera sería si te suicidas tú también, y de nada valdría, pues entonces ninguno de los dos saldría de ahí, y no quiero arrastrarte conmigo. No quiero olvidarla, pero tampoco quiero vivir sin ella.
—¡No vale la pena! Te lo suplico, no lo hagas. Y sabes que no le ruego a nadie, Andrés, y mírame. Te estoy rogando a ti. —Le recordó ella. Aún así, él no cambió su decisión.
Ella respiró profundo, su pecho subió y bajó largamente. Fue por las cosas que necesitaría, y pasó los siguientes minutos preparando lo que iba a usar. Cuchillo, listo. Carta, lista. Fósforos, listos. Petición, lista. Apagó las luces, encendió las velas, y puso la carta y la petición cerca. Cuando iba a pincharse un dedo, pues necesitaba que la sangre cayera sobre las hojas, su padre apareció en una luz brillante.
Sus alas doradas, igual que su cabello rubio como el sol, eran iluminados por el resplandor de las velas. El brillo de éstos era tal que iluminaba la estancia. Si bien su habitación era amplia, las alas eran lo bastante grandes para recorrerla de un extremo a otro. Ella lo observó inmutable, sosteniéndole la mirada. Entonces él habló, su voz sonando como una bofetada. Era su Voz de la Verdad. Todos los ángeles la tenían, pero su padre era un arcángel, uno de los siete primeros creados por Dios. Sí, Dios sí existe, contrario a lo que mucha gente cree. Pero esta historia no trata de él, así que no se asusten.
—Tu madre quería venir y descuartizarte ella misma. ¿En qué estás pensando? No, mejor no me lo digas—Retrajo sus alas y comenzó a caminar alrededor de la habitación, sin dejar de hablar—, sé que no estás pensando con claridad, así que explícame: ¿Por qué arriesgarte tanto por un hombre que ni siquiera es tu consorte? —Preguntó furioso.
—Padre.—Saludó cordial, inclinando la cabeza. —Es mi amigo, padre. El único que he tenido en siglos y siglos de vida. No me permitiré perderlo. ¡No es su destino morir! —Gritó.
—¡¿Cómo lo sabes?! ¡Renunciaste a tu don! ¡No me puedes decir si es o no su destino! Aunque tuvieras razón, él ha tomado su decisión. —Le dijo con más suavidad, pues él, mejor que nadie sabía cuánto había ansiado ella un amigo. Aunque, siendo ella su pequeña, no había nada que él o su madre pudieran negarle. Suspiró, y observó a una esquina de la habitación, donde un hombre de ojos negros y mirada siniestra salía de las sombras. Ella volteó a ver también, y enarcó una ceja al verlo aparecer.
Ninguno de los dos se sobresaltó, o se alarmaron en lo más mínimo, al ver la hoz y la capa negra que aparecieron con él un instante después de que sonriera.
Tánathos asintió al arcángel y a la mujer, que respondieron de la misma manera. Ella reacomodó el mechón cabello negro que se había movido hacia su rostro, mientras sonreía ante las palabras que salieron de la boca del extraño.
—Padre, hermana.
Zadquiel aún no se acostumbraba a que su segundo hijo fuese un emisario de la muerte. Aunque su nombre debió darle una pista. Aún si Tánathos era el segundo al mando, seguía siendo perturbador.
—¿Qué te he dicho de la capa y la hoz? No las necesitas. No. Las. Uses.—Reprendió enojado.
Azalea soltó una risa ante el chiste de su hermano, camino hasta él y lo abrazó.
—No importa lo que diga papá, siempre será gracioso. ¿Cómo has estado, Tani?—Preguntó todavía abrazándolo.
—Dímelo tú. Tú eres el Ojo-Que-Todo-Lo-Ve. —Dijo sonriendo con sorna. Ella entrecerró los ojos, y con la misma sorna que él le sonrió le contestó.
—He dejado ese y mis otros cargos, así como los poderes que venían con ellos por 10 años de tranquilidad. Es obvio por qué no lo sé.
Él frunció los labios en una mueca, pero no dijo nada más. ´Se dejó caer en el sillón victoriano que estaba más cerca, y miró alrededor la habitación.
—Esta vez escogiste bien, hermanita. Es linda. Estilo victoriano, ¿no? —Preguntó mirando los detalles. Los doseles crema de la cama donde ella estaba sentada, con colchas beige y madera oscura. El resto de la habitación seguía esta línea de colores, excepto por las cortinas de la ventana, pesadas y oscuras.
Ella rodó los ojos, mientras subía las piernas al colchón. A su izquierda, una ráfaga de viento la despeinó. Ella fulminó con la mirada la mujer que apareció en medio de esa ráfaga.
—Sabes cuánto odio que me despeinen, Araísne. Pero me alegra verte—dijo abrazándola—, estaba preocupada por ti.
—¿Acaso para mí no hay abrazo?—Preguntó un hombre de cabellos naranjas, tan brillante que parecían llamas, como las que lo envolvían en el momento que apareció a su derecha.
—¡Pyrus, hermano!—dijo abrazándolo— Para ti siempre habrá un abrazo. Especialmente, querido, porque desde que te hicieron Rey del pueblo Fénix no has vuelto a visitarme. Y no he podido ir yo, ya sabes que me dejaban entrar menos por ser tu hermana y más por poder manejar el fuego, pero ahora que he renuciado a eso no puedo. ¡Tienes que venir a verme más a menudo! —Protestó.
—Lo sé, y prometo venir a verte más seguido. ¿Contenta? —Dijo abrazándola y despeinándola. Era algo así como una tradición, pues ella heredó el cabello abundante y largo de su madre, al igual que sus ojos. Ojos dorados, que cuando se enojaba se volvían negros, completamente negros. Era parte de su especie, y ella era quien más proporción de arpía tenía. Aunque tenía también proporción de demonio, por ser bisnieta de Lucifer. Tanto ella como Araísne eran híbridos, pero Ara, como suelen llamarla, tenía de arpía y de ángel. Un poco contradictorio, y eso era lo que hacía que sus alas fuesen grises. Aunque, teniéndolas ocultas, no era posible verlas ahora.
Cuando ella volvió a mirar, sus otros tres hermanos habían aparecido. Mark, que tenía un nombre impronunciable, y por eso lo acortaban, además de los ojos grisazulados más bellos que había visto en su vida, que hacían juego con sus alas. Él fue hasta ella y la abrazó, así como hicieron Astarth y Mehrán, demonio y ángel, alas rojas y blancas, respectivamente. Mark era un guardián del equilibrio, un ente. Tenía alas porque deseaba tenerlas, pues todos sus hermanos tenían. Durante siglos pensaron que él era un humano, pues no tenía alas, ni poderes especiales. Durante la segunda guerra mundial, se dieron cuenta. Él  era quien manejaba algunas fuerzas del universo para evitar que un lado tuviera más potencia que otro. Y es que hay otra cosa que es real, señores. La guerra entre el bien y el mal no existe. Existen dos fuerzas opuestas que se repelen. Dos fuerzas que tienen una guerra, y distintos métodos de pelearla. Ser bueno o malo depende del punto de vista con el que te miren los demás.
Azalea se asustó. Estaban reunidos los siete, y habían hecho el círculo ritual sin que ella lo notara. Definitivamente estaba perdiendo facultades.
—¿Qué están haciendo? La última vez que nos reunimos todos, y yo quedé en el centro del círculo fue cuando renuncié a mis poderes. ¿No estarán pensando en...?—Preguntó preocupada. No necesitaba sus dones, conocía el infierno como la palma de su mano. Había trabajado ahí, después de todo.
—Mamá nos llamó a todos y nos dijo lo que pensabas hacer. Eres lo suficientemente terca como para ir tú sola, y lo bastante humana para morir en el intento. No te dejaremos ir desarmada. —Explicó Araísne, sonriendo.
Ella y los demás se hacían cortes en la palma de la mano derecha, de la muñeca hacia los dedos, transversalmente, mientras, uno a uno, en el orden de su nacimiento, decían en voz alta las palabras que permitirían que ella recuperara sus poderes.
—Regreso a ti lo que me fue encomendado guardar.
Fuego salió del corte en la mano de Pyrus, el primogénito. De Tánathos, salieron Sombras. Mark, siendo un guardián del equilibrio, era el único que podría guardar el Vacío que sólo él podía controlar. Mehrán guardaba Tierra, pues era el más afín a ella. Astarth tenía a su cuidado el Agua, y Araísne el Aire.
Se preguntarán cómo es que Azalea, siendo la menor tenía tanto poder. Bueno, es porque ella es el Ojo-Que-Todo-Lo-Ve. Puede ver el cielo, el infierno, la tierra y el "purgatorio" como lo llaman comúnmente. Tiene otro nombre, que, por no ponerlos en peligro de muerte, omitiremos. Además, no sólo veía el presente. También el pasado y el futuro. Es un poco complicado, pues, al ser la séptima hija, la Única-Y-Verdadera-Deidad que todos ustedes conocen como Dios, le regaló este don. Nadie sabe por qué, pero, al ser ÉL todopoderoso, nadie se atreve a preguntar.
Cada elemento temblaba en manos de su portador, hasta que se unieron todos en uno solo, formando una esfera que, con un sonido como de trueno, entró al cuerpo de Azalea, donde pertenece. Ella cayó al suelo de rodillas, apoyándose con las manos para no caer completamente.
—Algo salió mal. —Dijo en un hilo de voz. —Mis alas. No han brota-¡Ah! —De su espalda salió un abundante chorro de sangre, que por un momento pareció un géiser. Inmediatamente, un par de cosas pegajosas, negras y de muy mal ver salieron de su espalda. Eran sus alas. Sus hermanos se apresuraron a ayudarla.
Pyrus quemó los rastros de sangre sin hacerle daño a la habitación, mientras Astarth, o Asti, con agua lavaba las alas, para ser secadas después con el viento de Ara.
Tánathos cubría el lugar con sombras, para que nadie viera lo que sucedía allí dentro, mientras Mehrán, Mark y Zadquiel custodiaban las entradas.
—Está lista. Ahora, hay que esperar a que despierte. —Fue lo último que Azalea escuchó antes de perder la conciencia por el dolor de sentir su cuerpo cambiando.