Miedo Oscuro: Capítulo 1

Basado en la Serie Oscura de Christine Feehan.





                                                                                                                                          





Capítulo 1.

Sin dudar un momento, borró la memoria de los dos jóvenes. No recordarían nada del incidente y en su lugar tendrían el recuerdo de una hermosa noche juntos. Estoy ablandándome. Supo instintivamente que algo andaba mal. Se maldijo interiormente por bajar la guardia. Rápidamente se extendió en la noche, buscando el rastro del vampiro. Había otro. Encontró un débil sendero que conducía hacia un acantilado. Enmascaró su presencia y esperó. Arlette podía verlo ahora y reconoció vagamente los restos del que una vez fuera un apuesto hombre de los Cárpatos. Ahora la cara estaba hundida y gris, mechones de pelo se aferraban a la calavera en penachos, el cuerpo era viejo y nudoso. El vampiro no había tenido tiempo de alimentarse.
Cuando se materializó tras él, el vampiro se retorció dándose la vuelta y gritó por lo bajo. Arlette sonrió cortésmente.
- Ha pasado mucho tiempo, Emil. Mucho tiempo. - Su voz era un suave soplo de pureza y confianza.
Emil parpadeó, tomado por sorpresa por esta conversación casual. Era totalmente inesperada. No había conversado con nadie durante doscientos años.
- Así es. - Su voz era grave pero pensativa, como si retrocediera para buscar ese momento en el tiempo. -
Arlette podía sentir el poder construyéndose en ella, rodeándole, en el mismo aire. Siglo tras siglo, cada oscura y yerma noche, el dolor de necesitar a su gente, la pérdida de sus años de juventud. Se acumulaban en ella, el vacío, la vacuidad, la oscura mancha de humillación y aislamientos. Todo lo que le había quedado era su honor. Su Príncipe y el sanador lo habían sabido y habían reconocido su necesidad de resultar útil a su gente, pero este monstruo que estaba ante ella había alterado el curso de su vida para siempre.
- Me has dado una muerte en vida, Emil. - Arlette se movió entonces, con asombrosa velocidad, dirigiéndose hacia el monstruo ancestral mientras la criatura súbitamente se adelantó. Su puño se extendió y enterró profundamente en la cavidad torácica, usando el movimiento hacia adelante del vampiro para ayudarse en su ataque. - He estudiado tus métodos, cada muerte. - Susurró las palabras, sus ojos dorados brillaban salvajemente. - Me enseñaste la importancia del conocimiento, de conocer a tu enemigo, de reconocerle, y aprendí bien. - Arrancó el pulsante corazón del pecho y saltó lejos con el negro y marchito órgano en su mano. Le puso enferma. No había triunfo aquí, como había pensado.
El vampiro chillaba de rabia, un sonido agudo y sobrenatural que destrozaba los oídos y hacía huir a la fauna salvaje.
—Aprendiste bien a matar porque vivo en ti. —Siseó él, salpicando saliva venenosa por la boca. —No eres diferente a mí. Querías ser como yo, pero no tuviste las agallas suficientes como para abrazar la vida.
Emil se tambaleó hacia ella, sus dientes afilados y podridos por miles de muertes, su cuerpo empezó a derrumbarse. Arlette retrocedió un paso más, totalmente consciente de que la aberración era todavía peligrosa mientras el corazón estaba próximo al cuerpo. Le tiró lejos y dirigió un rayo de luz a incinerarlo. Al momento el cuerpo empezó a convulsionarse, escupiendo sangre corrompida que se arrastraba hacia ella implacablemente. Arlette tranquilamente envió la energía sobre el cuerpo y la sangre, eliminando toda evidencia de la existencia de Emil. Al final usó el calor blanco a quemar la corrupción de sus manos. De su alma.
Supo que todo había terminado. De pronto se encontró de rodillas en el suelo, respirando agitada. ¿Esto era todo? ¿Así terminaba? Tantos años temiendo a un vampiro, pensando, estudiando la mejor manera de atacarle. Había imaginado cientos de escenarios para esta batalla, pero no esperó que fuese tan fácil. Suspiró y decidió cortar el hilo de sus pensamientos. Se irguió en toda su altura, corrió dos pasos y se transformó en niebla.
Viajó en esa forma dirigiéndose al pueblo. A su alrededor, el paisaje mostraba el más crudo bosque. Laberintos de árboles y ramas, la luna iluminando su silueta femenina y elegante cuando decidió ir por tierra. Caminaba con delicadeza, como flotando por encima de la cama de hojas secas y pequeñas ramas quebradas, sin hacer el más mínimo ruido. Parecía etérea, una princesa mortífera y peligrosa, pero aún así tan hermosa que dolía el mirarla. Su cabello negro medianoche caía en cascada sobre su espalda y enmarcando su rostro, mientras que sus ojos dorados parecían gemas por el brillo que llevaban.
Su mirada revoloteaba por todas las direcciones posibles, escaneando, observando. Pendientes hasta del movimiento más sutil. Pronto el paisaje era invadido por las humildes casas de las personas que habitaban el pequeño poblado.
Ubicando su objetivo con la mirada, se dirigió hacia allí. Empujando la puerta con una de sus manos y alterando sus patrones cerebrales por los de un ser humano común, entró a la posada. Su lugar favorito para obtener información. Enmascaró su presencia, pues las mujeres de los Cárpatos llamaban mucho la atención con su piel y su cabello. Especialmente ella, que tenía una exuberante cabellera, larga y espesa. Se encaminó al pequeño restaurante, perdida en pensamientos banales en la superficie, mientras en el fondo de su mente planeaba cómo llevar la conversación a donde deseaba. Se sentó en un lugar estratégico en la barra, elegido para que los comensales no notaran demasiado su presencia. Unos minutos después la mujer que atendía el negocio llegó hasta ella. Ordenó un zumo de alguna fruta dulce e inició la conversación.
Minutos después, luego de ganarse la confianza de la mujer, lanzó el anzuelo, que la posadera mordió sin percatarse.
Un par de minutos y algunas preguntas después, tenía la información que necesitaba. Sonriendo, pagó a la mujer. Slavica, si no estaba equivocada. Se levantó tranquilamente, con sus sentidos al máximo. Casi al momento, decidió volver a sentarse, había detectado el aroma de un macho Cárpato. Maldiciendo, enmascaró aún más su aroma y su cuerpo, mientras mantenía sus patrones cerebrales iguales a los de un humano cualquiera. Volvió a levantarse, y con pasos tranquilos y decididos se encaminó a la puerta. Ya casi, pensó.
De pronto, una mano  se cerró en su brazo. Fingiendo asustarse, volteó. Era un hombre común, con pensamientos muy poco decentes acerca de ella.

**
                        La noche estaba oscura. Gris. Desolada. Tariq Asenguard era un hombre acostumbrado a hacer las cosas a su manera, y durante cientos de años, su existencia se había basado en el honor. En el decreto de su Príncipe de destruir el no-muerto. Sólo su férrea resolución de no caer, su sentido del honor y el haberse aferrado con fuerza a sus recuerdos de color y emociones, lo habían mantenido cuerdo y resistiendo el llamado de la oscuridad. El llamado que a cada segundo se hacía más fuerte. Después de los doscientos años de vida, los hombres de los Cárpatos perdían las emociones y el color. Sólo una compañera, una verdadera compañera, podría poner fin a los largos años venideros, donde la oscuridad atacaría en cada muerte, tratando de hacerlos desistir, de llevarlos hasta el borde de su resistencia. En ese momento, era cuando debía caminar hacia el amanecer, tener el descanso merecido y esperar a su compañera en la otra vida.
            Sabía que el momento de enfrentar tranquilamente el amanecer había pasado hace mucho, y que ahora, tan cerca de convertirse, debía terminar con su vida. Pero no esta noche. Había visto esa mujer, y había decidido que la quería. La tendría. Vio su manera de caminar, femenina y peligrosa. La vio entrar a la posada y sonrió. Esa mujer sería suya esa noche. Nunca, en todos sus años como cazador, deseó algo para sí mismo. Pero esa mujer, desde el instante que la vio, supo que le pertenecería. La brisa hacía bailar el cabello largo, cortado hasta los hombros. Su mirada no se despegó de la puerta de la posada durante los minutos que ella demoró dentro, aunque para él, irónicamente, fue una eternidad. Cuando notó que finalmente salía del lugar, se encaminó hacia ella. Su mirada se oscureció y un tinte rojo apareció en sus ojos al ver la mano del hombre cerrada sobre su brazo. Aumentando el paso, llegó justo a tiempo para ver como ella se lo quitaba de encima.
            —¡Suélteme! —Le había dicho al hombre, retorciendo el miembro hasta liberarlo. Por un momento, miles de pensamientos pasaron por su mente, todos alrededor de uno. Compañera. Mía. La otra mitad de mi alma. Mi corazón. Emociones. Color. Todo se vertió sobre su cuerpo entrando a raudales. El amor por su patria, por su pueblo. El profundo sentimiento de respeto por su Príncipe, la sorpresa por encontrarla. La posesividad. Todo llegando a velocidades insospechadas.  Tocó la mente del hombre para alejarlo de allí y vio los pensamientos impuros sobre su compañera, aumentando su furia hacia él. Decidió que no viviría más allá de esa noche.
            Arlette lo vio levantar al sujeto del suelo por el cuello, sólo usando una mano y arrojarlo hacia un grupo de árboles. Hizo una mueca al escuchar el ruido sordo que produjo el golpe de la espalda del pobre hombre contra el tronco del árbol. Por un momento su mente se llenó de conjeturas sobre el misterioso y apuesto hombre que ahora la miraba fijamente, con hambre, posesividad y reconocimiento en sus ojos. Comprendió llena de horror que ese hombre era un macho Cárpato, pero lo que no entendió fue la respuesta de su cuerpo. Su útero se tensó, y en su vientre se instalaron mariposas. Quiso correr, pero no pudo. Se sentía atraída hacia ese hombre, sentía la necesidad de saber que estaría bien. Cerró los ojos derrotada cuando la realización llegó a su mente. Ese hombre, era el único. Su compañero. Päläfertiilam.       

Miradas



Estaba ahí, sentado, pensando. Observándola. La vio moverse en su asiento, un sutil ondeo de piel muy femenino, un susurro de ropas. Jugaba con el objeto en su mano cuando sus miradas colisionaron. Por un momento vio tanto en sus ojos... Sabía que las miradas decían mucho, y la de ella hablaba de noches de seda y calor, de largas charlas junto al fuego, de pasión. O eso creía él. Movió una vez más la lapicera que tenía entre las manos, la soltó y pasó una por el cabello, desordenándolo en un revoltijo, que en lugar de parecer desaliñado lucía como ese tipo de desorden "post-sexo".

***

Ella miraba por encima de sus lentes, de reojo. Lo miraba a él, veía sus movimientos masculinos, la forma en que sus músculos se retorcían por debajo de sus ropas. Suspiró, y levantó la mirada tratando de verlo mejor. Fue entonces cuando se encontró con sus ojos. Y éstos mostraban protección, posesividad. Se sintió súbitamente excitada, deseosa de ser objeto de tan feroces sentimientos. Cerró los ojos no resistiendo la imagen de su cabello desprolijo, sabiendo que si lo veía de esa manera no sería dueña de sus actos.

***

Iban saliendo de clases, cuando chocaron accidentalmente, casi perdiendo el equilibrio. Él la tomó de las manos, evitando así que cayera al piso.

—¿Estás bien?
—Sí, eso creo. Muchas gracias. —Tímidamente, dejó un beso a un lado de su cara. Él sonrió, pasando la mano por su cintura.
—¿Qué haremos hoy? ¿A comer algo, a estudiar o a divertirnos un poco? —Preguntó él con una sonrisa juguetona, mientras empezaba a caminar aún con su brazo rodeando la estrecha y delicada cintura de ella.
—No lo sé. Oh... Por cierto, ¿sabes que eres mi mejor amigo en todo el mundo, cierto? —Él hizo una mueca de dolor que ella no alcanzó a ver, pues iba pendiente que de entre sus brazos no se deslizaran los dos libros que llevaba, producto del nerviosismo habitual de tenerle tan cerca y a la vez tan lejos.
—Sí, lo sé. ¿Qué necesitas, Lucía?
—¿Qué te hace pensar que necesito algo, Marco? Sólo quiero que me acompañes a casa. 
—Lo hago siempre, Luci, con todo el gusto del mundo y lo sabes. —Ella bajó la mirada y negó suavemente con la cabeza, dándole a entender que lo olvidara. Tal como debía hacer ella con ese sentimiento que se albergaba en su pecho. Lo miró de reojo, admirando sus rasgos varoniles, pero al tiempo delicados. Suspiró casi imperceptiblemente, y volteó la mirada de nuevo al camino, siendo absurdamente consciente del brazo que rodeaba su cintura y de la calidez que éste transmitía. Le amaba, con tal pasión y anhelo que cada vez era más difícil contenerse. Y sabía que él sentía lo mismo.

***

Pronto llegó el momento de separarse, se soltó de su cálido agarre y entró por la puerta junto a él, siendo recibida por los labios de su esposo, Daniel. El hermano de Marco.




Lágrimas de un adiós.



Diana caminaba rápidamente, perdida en sus pensamientos y tratando que las bolsas que llevaba en los brazos no se le cayeran. Maldijo el momento en que a aquel idiota se le ocurrió dejarla, lo maldijo también a él por ser un estúpido insensible que no supo valorar la mujer maravillosa que era Priccilla. Suspiró y se apartó el flequillo de los ojos haciendo malabares. Cuando por fin llegó, maniobró hasta tener ambas bolsas en un brazo y con el otro alcanzó el manojo de llaves en su bolsillo. Tratando de no hacer ruido y no dejar caer nada, abrió la puerta y entró a la casa. Al cerrar, notó un aroma extraño en el aire. Pensó que probablemente Pri habría olvidado usar el ambientador.  Sintió el brazo entumecido por el frío emitido por el helado, así que se apresuró a dejar la bolsa con las películas en el sofá de color tostado y llevar el bote de helado de chocolate al refrigerador.
           
—Pri… linda, traje helado y películas… ¡Tengo "El Aro" Pri! ¡Sé cuánto te gusta!—Gritó a la nada mientras cubría la distancia entre la cocina y la sala.

Al caminar hacia allá, notó que el olor extraño se intensificaba, a pesar que no podía identificarlo. Al toparse sus ojos con la escena frente a ella, la bolsa con el helado se cayó de sus brazos. Estos ya no podían sostenerlo.
Frente a ella, tirada en el piso y con la espalda apoyada en la pared, se encontraba Priccilla. Tenía los brazos a los lados de su cuerpo con las muñecas hacia arriba y las piernas flexionadas hacia adentro. Pero eso no fue lo que la horrorizó, lo que la hizo casi desmayarse. De sus muñecas manaba sangre, contrastando tétricamente con la palidez alarmante de su piel. Su cabello rubio oscuro ahora estaba teñido del cuello hacia abajo de rojo, a causa de la sangre que manaba del corte en su cuello. Todos los recuerdos y sentimientos llegaron a su mente y su corazón a una velocidad vertiginosa.

—No sé que haré sin él, Diani. Él es mi todo, mi razón para vivir. Sin él no soy nada. No puedo vivir sin él. No voy a vivir sin él. Voy a suicidarme. Sí, eso haré. Será lo me…—Su diatriba fue cortada por una voz con tono cansado.
—No es cierto Pri. No lo harás. Esto se te pasará, linda. No vale la pena que te sigas haciendo una tormenta en un vaso con agua. Anda, espérame, que voy por el súper kit anti-depresiones. Ya verás como saldrás de esto.
Diana le acarició la mejilla, le dio un beso en la frente y la abrazó con fuerza, prometiéndole volver en poco tiempo. Se levantó del piso con la torpeza que le caracterizaba y agarró su bolso.
 —Volveré aquí en un rato. Me llevo las llaves. —Dijo agarrando un manojito de llaves que colgaba al lado de la puerta, a donde había llegado mientras hablaba.
   
Diana no supo cuanto tiempo se quedó mirándola perpleja, asustada. Lo que sí supo fue que al oír el golpe seco del helado cayendo al piso volvió a la realidad. Corrió hacia ella, agarrando una toalla de cocina y poniéndosela en el cuello, presionando con fuerza mientras trataba de coger su móvil para llamar a una ambulancia. Intentó parar la hemorragia en sus muñecas, pero se dio por vencida al notar que no tenía tres manos. La desesperación corrió por su mente, ofreciendo alternativas y descartándolas de inmediato. El dolor y el miedo se abrieron paso en medio de todo, relegando a un tercer plano todo lo demás. La culpabilidad se instaló en primer lugar de su mente, sabiendo que pudo haber evitado todo si tan sólo le hubiese creído. Lloró. Lloró amargamente, sus sollozos desgarrando algo en su interior y sus lágrimas mezclándose con la sangre en el piso.
Esto es mi culpa, se decía. Debía haber estado ahí, consolándola. ¿Por qué no le creyó? ¿Por qué no se quedó con ella? Todo aquello que una vez Priccilla hizo por ella llegó a su mente. Los consejos, las risas, los llantos… Todo. Y ella no había estado allí cuando la había necesitado. Un dolor lacerante invadió su pecho. Uno de sus peores miedos se hacía realidad: Perder a una persona amada. Pri no sólo era una amiga, era la mejor que tenía. Casi una hermana. Ambas eran hijas únicas y siempre desearon tener hermanos.
Sollozó con más fuerza. Ya nunca más se reiría de ella, o de sus malos chistes. Nunca más podría bromear con ella sobre cualquier tontería, nunca más podría disfrutar esos pequeños momentos de tranquilidad y silencio que tenían luego de un largo día. Se abrazó a sí misma, pensando que nunca más tendría un hombro en el cual llorar, una amiga con la cual reír. Pensando que Pri se había ido y no volvería, que a pesar de todo jamás volvería a hablar con ella sobre nimiedades.
Aún llorando, aún recordándolo todo, siguió apretando la herida más fuerte en el cuello. Sin embargo, sus esfuerzos fueron infructuosos, pues las heridas de las muñecas seguían sangrando; para su horror, con una velocidad que cada vez se hacía menor. Estaba perdiendo demasiada sangre, notó con pánico. Se aferró a la idea de que podrían salvarla y no desistió. El paño antes blanco con bordados en lila estaba ya empapado de sangre, completamente teñido de rojo. Más lágrimas cayeron de sus ojos y un grito desesperado salió de su garganta.

—No permitiré que mueras, Pri. No lo permitiré.
No supo cuánto tiempo después llegó la ambulancia, no supo en qué momento la apartaron de ella para revisarla. Entonces, al ver los paramédicos tratando de detener la hemorragia vino a su mente otro recuerdo.

— ¡Diana! ¡Diana! ¡Diana, por amor a Dios! ¡No vuelvas a hacerme eso! ¿Tienes idea de lo mucho que me asustaste?—La chica se echó a reír, apartando sus cortos mechones de cabellos castaños de su cara, mientras se quejaba del dolor por el hueso roto en su pierna. Un poco risa y un poco llanto.
—Firmarás mi yeso, ¿cierto Pri?—La rubia la miró con incredulidad.
Había caído desde un árbol, quedado inconsciente y se había roto una pierna en el proceso; y lo único que tenía en mente era si firmaría su yeso. Suspiró, asintiendo mientras miraba los hombres con ese uniforme raro que la atendían.
—Eres la persona más rara que he conocido, Diani. —Lo sé. —Sonrió petulante la pequeña castaña de diez años.


El contacto de una manta con sus hombros la devolvió a la realidad. Escuchó lo que le decían, más lo oía de manera distante, lejana. Sentía que no estaba ahí. Sentía todo eso que estaba sucediendo como un sueño. No, no un sueño: Una pesadilla. Una horrible pesadilla de la que quería despertar. Sintió algo caliente en las manos, distraídamente notó que se trataba de chocolate. Sintió arcadas y lo dejó caer. El chocolate se mezcló con la sangre en el piso. Sus manos temblaban incontrolablemente, tenían un tono extremadamente pálido.

—Está en shock. Pobrecilla. Cuando llegamos seguía apretando las heridas como si pudiera hacer algo. Ya estaba muerta. Demasiado tarde. No hay nada que hacer. Llévensela, aléjenla del cadáver. La hará ponerse peor.—Las palabras cadáver  y demasiado tarde la hicieron volver en sí.
—¿Qué quiere decir con "No hay nada que hacer"? ¡Algo tiene que haber! ¡Priccilla no puede estar muerta, no puede!

Diana gritó, pataleó, lloró y maldijo a todo ser viviente sobre la faz de la tierra, pues no la dejaban acercarse a su más querida amiga. Sentía unos brazos fuertes abrazarla de la cintura, tratando de mantenerla alejada de su amiga. Ella sabía que aún vivía, tenía que estar viva. Era sólo que ellos no podían notarlo. Sí, eso era. Estaban tan ciegos por ver toda la sangre regada en el piso y aquella que las cubría a ella y a Pri, que no pensaban que pudiese vivir todavía. Pero ella sabía que no era así. Siguió tratando de zafarse, hasta que distinguió un pinchazo en medio de todo el frenesí. No notó donde fue, pero lo que sí pudo registrar fue la sensación de sueño y sopor que se apoderó de su cuerpo.

Despertó mirando un techo blanco, por su experiencia dedujo que era un hospital. Al mirar hacia los lados y ver la decoración fría e impersonal, confirmó sus sospechas. Notó movimiento a un lado de su cama y descubrió a su mamá dormida con la cabeza apoyada en el colchón. Por un momento se sintió desubicada. Parpadeó un par de veces para terminar de despertarse, cuando los recuerdos de lo acontecido vinieron en tropel a su mente.
El dolor, la desesperación, el odio hacia sí misma volvió a despertar, como si jamás se hubiese ido. Como si sólo hubiese dormido con ella durante ese tiempo. Distraídamente se preguntó cuanto llevaría ella dormida y Pri muer… No. No pensaría en eso. No podía ser cierto. Volvió la vista a su madre que dormía y se sintió aún más culpable. Decidió no despertarla y se levantó de la cama cuidadosamente. Sus esfuerzos fueron en vano, pues al moverse mínimamente su acompañante despertó. Gimió y los ojos empezaron a llenársele de lágrimas contenidas.
—¡Diana! Hija, pensé que no despertarías nunca. Llevas dos días dormida. ¿Cómo estás? ¿Qué sucedió?
No pudo resistirlo más y se lanzó a brazos de su madre, con los ojos anegados de lágrimas. Lágrimas de frustración, de culpabilidad, de sufrimiento. Lágrimas que a pesar de todo no traerían a Pri de vuelta.
—Yo no le creí… la maté… nada… no pude hacer nada… ella sangraba… yo debí estar ahí… —Todo lo que podía hacer era balbucear, gemir entre las palabras y culparse a sí misma.


Habían pasado tres años desde entonces. Diana aún iba al cementerio y hablaba a la lápida, contándole lo que le pasaba. Algunas veces pidiendo consejo. Sin embargo, para quienes no la conocían, seguía con su vida. Salía con amigos, iba a la universidad. Reía, lloraba. Parecía que nada hubiese pasado, o eso creían las personas de fuera. Los que realmente la conocían habían notado que el brillo pícaro en sus ojos había desaparecido.
           
No es sano que hagas esto. —Escuchó una noche en un sueño. Supo de inmediato que era Pri. El dolor y la culpabilidad volvieron a despertar, como si llevaran tiempo durmiendo, en el fondo de su mente.
Notó que estaba en el cementerio, en su sueño. Reconoció las tumbas, algunas con flores, otras con la grama tan seca que se veía amarilla. Paseó la mirada a su alrededor al darse cuenta que no estaba frente a la tumba de Pri. Caminó entre las lápidas, viendo las diversas estatuas conmemorativas. Al fin llegó al ángel que estaba sobre la tumba de Priccilla.
—Lo sé. Pero no puedo evitarlo. —Dijo a la lápida, en su sueño. La vio sentada frente a ella, sobre la tumba. Tan hermosa como siempre había sido. Llevaba un vestido blanco, su favorito. Fue enterrada con él.
Debes dejarme ir—La tomó de las manos—, quiero, necesito que me dejes ir. Tienes que ser feliz, seguir adelante.
—Lo hice—Contestó ella— ¿No ves que a pesar de todo he continuado? ¿No ves que ya todos creen que me olvidé de ti? —Lágrimas corrían por sus mejillas, sollozos escapaban de su boca, sacudiendo su cuerpo.
Para los demás ya me has olvidado. Para ellos has seguido adelante. Pero no por ti. Tú sigues estancada en el mismo lugar. En el mismo momento. Déjame ir. —Priccilla secó las lágrimas que corrían por el rostro de Diana, abrazándola con fuerza. —Estaré bien. Lo prometo.
—Perdóname. Perdóname por no creerte, por no haber estado ahí. Por permitir que murieras. Fue mi culpa. —La abrazó, como solía hacerlo antes. Enterró la cara en su cuello y se aferró a ella.
No, no lo fue. ¿Sabes? Creo que fue lo mejor que pude hacer. Si continuaba con vida, no iba a vivir. Iba a darles una vida llena de dolor a mis seres queridos. Créeme, no hubiese podido seguir adelante. No soy tan fuerte.
—Siempre fuiste la más fuerte de las dos—Suspiró, y supo que el momento había llegado. —¿Es hora, cierto?—La vio asentir y la abrazó de nuevo.
—Quiero que cuando nos reunamos, me cuentes todo aquello que hiciste. Vive, Diana. Haz todo aquello que siempre quisimos hacer. Y perdónate a ti misma, que yo hace mucho tiempo lo hice. —Sonrió, levantándose de la lápida. Haciendo un gesto de despedida con la mano, dio media vuelta y caminó hasta desaparecer de la vista.
—Promete que serás feliz. —Escuchó que le decía la brisa. Sonriendo, con lágrimas en las mejillas, asintió y se puso de pie. Era hora de seguir adelante. Miró sus manos, viendo las lágrimas. Lágrimas de un adiós.

Reencuentro.


Tu amor es algo tímido, reñido, es algo típico.
“Nada especial”, eso dirían los demás.
 Tu amor es una trampa, es una lanza que traspasa la tranquilidad.
Es algo loco nada más.

Caminaba lentamente, con la mirada gacha. Llevaba un libro entre sus brazos y sus zapatos en una mano; la brisa marina hacía bailar sus cabellos oscuros. Sus pies se hundían en la arena de la playa. Se deleitó en la sensación, torciendo un poco el camino hasta lograr mojar sus pies con las olas que rompían en la costa. Su vestido blanco resaltaba su piel morena, mientras el ondeo de éste le daba un aspecto angelical. Tenía rasgos fuertes y delicados que escondían sus emociones, mientras sus ojos negros expresaban todo lo que su rostro no mostraba. Estaba anocheciendo cuando encontró el lugar idóneo para leer. Vio a lo lejos una banca y una farola, cerca a un puesto de limonada. Sonrió y se encaminó hacia allí. Compró un vaso de bebida y se acomodó en un lado de la banca, dejando sus zapatos a su lado, preparándose para leer.  
La decisión correcta.
Jorge Omar Hurtado Ruiz
La mañana fresca, que no presagiaba nuevas lluvias, invitaba a aspirar el aroma del bosque de páramo que dejaban atrás en el rápido descenso. Una sonrisa apenas perceptible resaltaba la placidez de los rostros sin vestigios de afanes o frustraciones. Compartieron… De pronto su lectura fue interrumpida por una voz masculina.  
—Hola. —Saludó con una sonrisa. Apuesto, seguro de sí mismo, el arrogante hombre daba por sentado que ella deseaba hablar con él.
—Hola. —Contestó ella, bajando la mirada. Él pensó que ella lucía adorable, ella pensó que debía haber hecho algo muy malo para que eso le esté pasando.
—Mi nombre es Gabriel. ¿Cuál es el tuyo? —Le dijo con una sonrisa. La había estado observando.
Gabriel era el tipo de hombre que conseguía lo que quería cuando lo quería. Apuesto, seguro, caballero y respetuoso, pero aún así arrogante. Muy arrogante. Era el tipo de hombre que usaba a las mujeres y las desechaba luego. Fanfarrón, egocéntrico y adinerado, muy mala combinación.
            —Ana. —Dijo, y volvió la vista a su libro. Él frunció el ceño y se sentó a su lado, tratando de mirar por encima de su hombro qué leía.  Algo sobre un tipo secuestrado que ofrece su vida para salvar a sus amigos. Bah, aburrido. Y trillado además.
—¿Qué lees? —Ella lo fulminó con la mirada, se puso de pie y empezó a caminar, tratando de poner distancia entre ellos. Él la siguió. —¡Espera! —le gritó, corriendo para alcanzarla.
Ana era una mujer diferente. Frágil y fuerte, dulce y amarga, apática y lúcida, romántica y brutal. Tímida e impredecible. Una mezcla bastante singular que se irritaba con facilidad, podía amar con una pasión y rapidez asombrosa, y así de fácil podía odiar.
            —¿Qué quieres de mí? —Le gritó. —¿Porqué no me dejas en paz? No seré una más en tu lista, Gabriel. ¿Qué te pasó? Solíamos ser amigos. —Él se quedó pasmado. La miró de arriba abajo, esperando reconocerla. Repasó las caras de todas las mujeres con las que se había acostado, y no encontraba la de ella.
            —No te recuerdo. —Le contestó él. ¿Cómo era posible que no recordara semejante belleza? No era una belleza del tipo modelo, no, era una belleza más natural, más común. Pero tenía un algo.
Ella buscó con la mirada un lugar donde sentarse, y tomándolo de la mano, prácticamente lo arrastró a una banca vieja y destartalada.
            —¿No recuerdas a tu mejor amiga del colegio? ¿Esa qué siempre estuvo ahí para consolarte cuando tus padres peleaban? ¿Esa que lloraba en tu hombro cuando se burlaban de ella? Mírame a los ojos y dime que no recuerdas quién soy.
Gabriel se había quedado pasmado. A su mente vinieron imágenes, recuerdos.
Él abrazando a una niña pequeña y menudita, algo fea. Ella lloraba y se quejaba de lo injustos que eran al burlarse por su aspecto.
Él llorando abrazado a un cuerpo cálido, con el rostro enterrado en unos cabellos con un aroma a flores y canela.
Él riendo por las locuras que ella decía y hacía, sorprendido que después de conocerla por tanto tiempo aún lograra ser impredecible.
Él sentado en una banca compartiendo un sándwich con una niña algo triste, mientras trataba de animarla. Ella le daba una sonrisa y él sentía que el día de pronto era más brillante.
Él, abrazándola por detrás para evitar que ella golpeara un niño que había insultado a su madre.
Ella, despidiéndose porque se mudaba a otra ciudad, a causa del trabajo de su madre. Él, y el sonido de su corazón rompiéndose.

Temblando, Gabriel levantó una mano y acarició una de sus mejillas, como solía hacerlo cuando ella aún estaba en su vida. La abrazó como si no hubiese un mañana. Sonrió al notar que su cuerpo aún emitía esa calidez, como dándole la bienvenida. Ahí, abrazado a ella, sintió como si hubiese vuelto a casa luego de un largo viaje.
            —¿Porqué no me buscaste? Te había extrañado, sabes. —Ella lo abrazó también. —Lo hice. Y entonces me enteré de cómo habías tratado esas mujeres. No quise saber de ti. Has cambiado, Gabriel. Ya no te reconozco. —Él no reconocería que esas palabras habían dolido. Ella había sido su primer amor. Bueno, lo seguía siendo. Él había buscado en esas mujeres lo que ella tenía. Suspiró. No podía decirle que la amaba. Ella jamás le creería.
            —Te contaré algún día, lo prometo. Por ahora cuéntame de tu vida. ¿Qué has hecho todo este tiempo?
Él la escuchaba hablar, con esa manera tan particular que le pertenecía sólo a ella. Notó que aún seguía ladeando la cabeza hacia la izquierda cuando recordaba algo, también se dio cuenta que todavía hacía ese gesto sexy e inocente, el de apartarse el cabello del rostro con la mano y ponerlo detrás de su oreja. Una corriente eléctrica le recorrió la columna cuando ella le sonrió con esa sonrisa, aquella que aún le quitaba el sueño mientras se apartaba un mechón de cabello del rostro. Ella seguía siendo la misma de antes, sólo que más madura, más fuerte y más hermosa. Ana seguía siendo Ana.


Miedo Oscuro: Prólogo.

Basado en la Serie Oscura, de Christine Feehan.


Mañana en la U.

Hola gente.
De nuevo esta loca necesitada de atención(??).

Escribo para aquellos que están todavía en el colegio y que anhelan con el alma entrar a la Universidad.
Pues les comento algo: Pierdan el año. (Aquí los padres linchan a su servidora.)

¿Saben porqué? Porque no hay nada interesante en estar en la universidad. Fiestas, clases, trabajos, fiestas, amigos, fiestas y... ¿ya mencioné las fiestas?

Bueno, ahora sí en serio, son las 6:31 am y yo no tengo nada mejor que hacer que escribir en el blog porque mi querida profesora de introducción a la carrera no ha llegado. ¿Qué tiene de raro? Pues que la clase es a las 6:00

Un saludo a mi querida madre Nea y a mi amiga e hija Nessie. (No, madre, no tiene nada que ver con crepúsCULO. Ella se llama vaNESSA y de ahí salió el Nessie. Sí, yo la llamaba así antes de la saga. De hecho me cayó mal que la renengendro llevara el sobrenombre de mi hija(??).


Me despido, gente. No, la profesora no ha llegado, es que ya me duele el cuello.

(Ni idea.)

Despertó sabiendo que volvería a matar. Era como una adicción, inevitable, inexplicable.
La sangre corriendo entre sus dedos, la mirada aterrorizada de su víctima, los gritos que emitían con cada golpe, con cada puñalada en su cuerpo...
Le fascinaba, simplemente. Le fascinaba saber que en sus manos estaba la vida o la muerte, saber que podía decidir quién podía vivir y quién no lo haría...
Era maravilloso decidir quienes seguirían su camino hacia el más allá y quienes tendrían que sufrir un poco más en esta tierra.

No era Dios, por supuesto que no.
Era la Mensajera del destino, la Cobradora de almas.


Era la Muerte.

Te amo, simplemente.

Por que eres sincero, amable, comprensivo, único. Por que eres lo mejor que me ha pasado, por que simplemente no puedo evitar hacerlo.

Ella está sentada, junto a la ventana, mirando hacia afuera. Hacia ese lugar inhóspito que muchos llaman realidad. Por que le duele, le duele ver que afuera el sol brilla con todo su esplendor, mientras dentro de ella la tormenta más fuerte y agresiva tiene lugar. 
Porque le duele que él ame a alguien más, porque ella sabe que no puede competir contra aquella que él ama. 
Porque no puede sacar de su mente su voz, porque incluso sintió su aliento en su oído cuando él la llamó.
Porque ella lo ama, lo ama con tal intensidad que no le importa que no esté con ella, porque ella prefiere que él sea feliz con esa persona a que sufra junto a ella.
Porque él pudo ver a través de sus demonios, a través de su máscara, a través de sus defensas, para encontrar lo mejor de ella. Porque incluso cuando él ya no esté, ella lo seguirá amando. 
Porque ella lo ama, y no puede evitar hacerlo.


Te amo, simplemente.

¿Un sueño?


Advertencia: No apto para menores. Si tienes menos de 14 años, lees bajo tu propia responsabilidad. 
Listo, me lavé las manos.


Otra noche más sin poder dormir. Daba vueltas y vueltas en mi cama, y por más que lo intentaba no podía. No lograba olvidar esa mirada azul profundo, que de alguna manera conseguía dominarme, que no me permitía dormir. Y ni siquiera sabía con seguridad a quién pertenecen esos ojos, aunque los había visto noche, tras noche… tras noche.
En mis sueños.
Suspiré, y de nuevo traté de dormir. Cerré los ojos, encontrándome con su mirada, pero de repente desperté. No puede ser—pensé frustrada. Me senté rápidamente en la cama, o, más bien, quise levantarme de ella. Mis ojos recorrieron mi habitación, verificando automáticamente que todo esté en orden. Lo único fuera de lugar era la ventana, que estaba abierta. La leve brisa de la madrugada que entraba por ella hacía bailar las cortinas. No me preocupé por cerrarla.
Me sorprendió mucho ver un hombre a la mitad de mi cuarto, justo de pie sobre mi alfombra.
Un hombre de tez pálida, cabellos negros, ondulados y… estiré mi mano hasta encontrar mis lentes, con la poca luz no podía distinguir bien nada. Cuando al fin pude distinguir algo con claridad, lo que vi me sorprendió.
Ojos azules. Azul profundo. Como los de mi sueño. —Pensé distraída. Aún no disipaba la neblina en mi mente producida por el sueño. Luego de unos minutos, cuando había recuperado mis facultades mentales, no sabía que pensar, al verlo ahí de pie en mi dormitorio. Por alguna razón, supe que no estaba bien que hubiese entrado sin mi permiso. Él hizo una mueca de dolor, dejándome sorprendida y desconcertada a partes iguales.
—Te he esperado por tanto tiempo, te he buscado tan desesperadamente y ahora que al fin te he encontrado, no sé que hacer. —Me había dicho él, su voz una candencia hipnotizante, hermosa.
— ¿Quién eres? —Pregunté descolocada— ¿Qué quieres de mí?
—Mi nombre es Ethan Sinclair, Annette. Y quiero todo de ti. Tus alegrías, tus tristezas, tus miedos. Para compartirlo todo. Nuestras almas estaban enlazadas desde antes que naciéramos, soy tu complemento en todos los sentidos, igual que tú eres el mío. Te pertenezco, igual que tú a mí. —A cada palabra que él decía yo no sabía que hacer. Si aterrarme por tener un loco en mi dormitorio, o saltarle encima por el deseo. Podía sentir la electricidad saltando desde nuestros cuerpos. Era sorprendente para mí ver que existía alguien que compartiera una química tan perfecta conmigo.
El había estado caminando hacia mi cama, hasta tomar asiento frente a mí. Yo me sentía desnuda, ya que sólo llevaba puesta una blusa delgada de tirantes y un pequeño short para dormir. Hacía un calor insoportable. Miré hacia arriba distraídamente para verificar que mi ventilador de techo estuviese andando. Lo estaba.

Aún me preguntaba por qué todo mi cuerpo reaccionaba a él, como un volcán listo para hacer erupción. Podía sentir el fuego corriendo por mis venas sólo ante su cercanía, y no ayudaba nada el que él estuviese cerrando la distancia cada vez más. Él estaba aterrorizándome, ya que siempre tuve miedo a lo desconocido y él era un misterio para mí. Pero aún sin haber nunca oído su nombre sentía que lo conocía. Y ello me asustaba aún más.
En el momento en que él tocó mis labios con los suyos, sentí una corriente eléctrica arqueándose entre nuestros cuerpos, lava ardiente corriendo por mis venas. No supe en que momento puse mis brazos alrededor de su cuello, así como tampoco supe cuándo rodeó él mi cintura con sus brazos. Todo lo que mi mente podía registrar eran sus labios moviéndose en una danza cautivante con los míos. Mi cuerpo actuaba por propia voluntad, arqueándose contra el suyo, ofreciéndole mi cuello, ofreciéndole más de mí. Todo lo que quisiera tomar. Por toda respuesta el acunó uno de mis pechos en su mano, masajeándolo sensualmente mientras acariciaba mi espalda, trazando patrones relajantes. Pasó a mi cuello, besando y raspando levemente con sus dientes, pasando luego su lengua en el lugar.
Yo paseaba mis manos debajo de su camisa, trazando las lineas de su bien formado torso. No supe cuándo le quité la camisa, ni cuando desapareció mi blusa en algún lugar de la habitación. Lentamente me perdí en un remolino de emociones, una vorágine de placer que me arrastraba hacia el fondo con más fuerza, cada vez más. En una danza ancestral tan antigua como el tiempo mismo.

Y entonces desperté. Tan de repente, que mi menté tardó en distinguir el sueño de la realidad. Todo ha sido un sueño—Pensé distraída.
O eso creí hasta que sentí una respiración venir de mi costado. 




Frustrada, para variar.

¿Qué es lo más importante para una persona? ¿Para cualquier persona? Quién pueda responderme esto le daré un premio. Pero al grano. ¿Cómo es posible que siendo yo (o se supone que lo soy) fría, estoica, que (seguimos suponiendo) bajo cualquier situación conservo la calma, haya chillado(Sí, chillado, en cursiva para que resalte)?
Y por una tontería, nada más y nada menos.
Les comento:

Iba camino a la Iglesia, a buscar a mi abuela, quien por motivos de salud no puede venirse sola. La brisa movía mis cabellos negros, y con una mano aparté algunos mechones de mi rostro, mientras atravesaba la calle.
Sí, había mirado a ambos lados antes de cruzar, pero, un conductor inconsciente, casi me atropella con su motocicleta. Por suerte advertí el ruido de la misma, por lo que me aparté un segundo antes de que pasara, lo que ocasionó que chocara con alguien, que casualmente llevaba una pequeña caja.
Dicha caja contenía cucarachas. Sí, esa mísera e insignificante caja contenía esos horrorosos, asquerosos y repugnantes bichos. Solté un chillido para nada elegante, y prácticamente corrí hacia la Iglesia. 

"¡Qué tonta!" deben de estar pensando ustedes. Y tienen la razón.