(Ni idea.)

Despertó sabiendo que volvería a matar. Era como una adicción, inevitable, inexplicable.
La sangre corriendo entre sus dedos, la mirada aterrorizada de su víctima, los gritos que emitían con cada golpe, con cada puñalada en su cuerpo...
Le fascinaba, simplemente. Le fascinaba saber que en sus manos estaba la vida o la muerte, saber que podía decidir quién podía vivir y quién no lo haría...
Era maravilloso decidir quienes seguirían su camino hacia el más allá y quienes tendrían que sufrir un poco más en esta tierra.

No era Dios, por supuesto que no.
Era la Mensajera del destino, la Cobradora de almas.


Era la Muerte.

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