Miradas



Estaba ahí, sentado, pensando. Observándola. La vio moverse en su asiento, un sutil ondeo de piel muy femenino, un susurro de ropas. Jugaba con el objeto en su mano cuando sus miradas colisionaron. Por un momento vio tanto en sus ojos... Sabía que las miradas decían mucho, y la de ella hablaba de noches de seda y calor, de largas charlas junto al fuego, de pasión. O eso creía él. Movió una vez más la lapicera que tenía entre las manos, la soltó y pasó una por el cabello, desordenándolo en un revoltijo, que en lugar de parecer desaliñado lucía como ese tipo de desorden "post-sexo".

***

Ella miraba por encima de sus lentes, de reojo. Lo miraba a él, veía sus movimientos masculinos, la forma en que sus músculos se retorcían por debajo de sus ropas. Suspiró, y levantó la mirada tratando de verlo mejor. Fue entonces cuando se encontró con sus ojos. Y éstos mostraban protección, posesividad. Se sintió súbitamente excitada, deseosa de ser objeto de tan feroces sentimientos. Cerró los ojos no resistiendo la imagen de su cabello desprolijo, sabiendo que si lo veía de esa manera no sería dueña de sus actos.

***

Iban saliendo de clases, cuando chocaron accidentalmente, casi perdiendo el equilibrio. Él la tomó de las manos, evitando así que cayera al piso.

—¿Estás bien?
—Sí, eso creo. Muchas gracias. —Tímidamente, dejó un beso a un lado de su cara. Él sonrió, pasando la mano por su cintura.
—¿Qué haremos hoy? ¿A comer algo, a estudiar o a divertirnos un poco? —Preguntó él con una sonrisa juguetona, mientras empezaba a caminar aún con su brazo rodeando la estrecha y delicada cintura de ella.
—No lo sé. Oh... Por cierto, ¿sabes que eres mi mejor amigo en todo el mundo, cierto? —Él hizo una mueca de dolor que ella no alcanzó a ver, pues iba pendiente que de entre sus brazos no se deslizaran los dos libros que llevaba, producto del nerviosismo habitual de tenerle tan cerca y a la vez tan lejos.
—Sí, lo sé. ¿Qué necesitas, Lucía?
—¿Qué te hace pensar que necesito algo, Marco? Sólo quiero que me acompañes a casa. 
—Lo hago siempre, Luci, con todo el gusto del mundo y lo sabes. —Ella bajó la mirada y negó suavemente con la cabeza, dándole a entender que lo olvidara. Tal como debía hacer ella con ese sentimiento que se albergaba en su pecho. Lo miró de reojo, admirando sus rasgos varoniles, pero al tiempo delicados. Suspiró casi imperceptiblemente, y volteó la mirada de nuevo al camino, siendo absurdamente consciente del brazo que rodeaba su cintura y de la calidez que éste transmitía. Le amaba, con tal pasión y anhelo que cada vez era más difícil contenerse. Y sabía que él sentía lo mismo.

***

Pronto llegó el momento de separarse, se soltó de su cálido agarre y entró por la puerta junto a él, siendo recibida por los labios de su esposo, Daniel. El hermano de Marco.




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